El balance de la última campaña sirve para confirmar este aumento. Mientras pimiento y tomate han registrado descensos cercanos al 2%, pepino y calabacín han crecido un 3,6 y 1,8%, respectivamente. Una tendencia que se ha consolidado en un contexto de numerosos problemas estructurales para el sector, como la presión fitosanitaria, la competencia de países terceros o el cambio climático.
Como explica Francisco Tomillero, técnico de Desarrollo de Mercado de Bayer, “la productividad y la calidad de fruto son características que el agricultor prácticamente da por hechas”. No obstante, estos atributos ya no son los únicos valorables a la hora de escoger una nueva variedad. Las casas de semillas trabajan en el desarrollo de materiales con paquetes de resistencias más completos, con una mayor protección al agricultor ante la mayor incidencia de virus y plagas. Ejemplo de ello son materiales como Calidus y Galdius en pepino o Vamana en calabacín.
Los programas de mejora genética se han convertido en una de las herramientas más eficaces en este contexto de presión fitosanitaria. Sin embargo, según destaca Cecilio Fernández, responsable de desarrollo de pepino y calabacín de Sakata, los materiales no pueden hacer frente a los retos en sanidad vegetal por sí solos, incluso contando con paquetes reforzados. Por ello, considera imprescindible “integrar la elección varietal en una estrategia global basada en la protección integrada, combinando herramientas biológicas y químicas”.
Al desafío fitosanitario se suma el climático, que ha llevado a las casas de semillas a incorporar a su porfolio materiales con mayor rusticidad y capaces de mantener la productividad incluso en condiciones extremas. “Para Syngenta es una prioridad desarrollar variedades que toleren el estrés térmico o hídrico”, reconoce Víctor García, responsable de cucurbitáceas en esta empresa.


