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4 Sep 2026 | Actualizado 08:35

Revista del Sector Hortofrutícola

El cambio climático altera los cultivos de cítricos, pepita y hueso en Europa

La fruticultura europea afronta una etapa de transformación marcada por el cambio climático, como muestra un informe preparado por Raboresearch. Las principales regiones productoras mantienen su relevancia, pero las modificaciones en las temperaturas, la disponibilidad de agua y los patrones estacionales están alterando las condiciones en las que se desarrollan los cultivos.

Naranja cítricos

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El escenario que muestra este estudio no apunta necesariamente a una reducción generalizada de la oferta. El principal desafío está en el aumento de la volatilidad: las cosechas, la calidad de la fruta y las fechas de recolección son cada vez menos predecibles. Esta evolución está obligando a productores y cadenas de suministro a revisar sus estrategias. La capacidad de adaptación será determinante para mantener una producción estable y competitiva en un contexto climático más variable.

Cítricos, fruta de pepita y fruta de hueso ante nuevos riesgos

Los efectos del cambio climático no son iguales para todos los cultivos, según la investigación. Las características fisiológicas de cada especie y las condiciones de las distintas zonas productoras determinan tanto el tipo de riesgo como las posibilidades de respuesta.

En los cítricos, los principales factores de presión están relacionados con el incremento de las temperaturas y la menor disponibilidad de agua. La combinación de ambos elementos puede complicar las condiciones de producción en algunas de las principales regiones europeas.

La fruta de pepita, por su parte, continúa siendo especialmente vulnerable a las llamadas heladas tardías, ya en los meses de primavera. Al mismo tiempo, las olas de calor están adquiriendo una importancia creciente por su posible impacto sobre el calibre y la calidad de la fruta.

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En la fruta de hueso, uno de los grandes retos está relacionado con la menor cantidad de frío durante el período invernal. La disminución de las horas de frío puede alterar procesos esenciales como la floración y el cuajado, afectando posteriormente al desarrollo de la cosecha.

Adaptarse será clave para mantener la producción

Pese a los riesgos, la adaptación sigue siendo posible. El problema es que la capacidad para responder a estas condiciones no es la misma para todos los productores ni para todas las regiones. El acceso fiable al agua constituye uno de los factores determinantes, especialmente en las zonas más expuestas al calor y a la escasez hídrica. A ello se suman la disponibilidad de capital, el conocimiento técnico y el acceso a nuevas tecnologías.

Los agricultores que cuentan con mayores recursos para invertir y adaptar sus sistemas productivos, plantea Raboresearch, parten de una posición más favorable. La mejora de las herramientas de gestión, las tecnologías aplicadas al cultivo y el conocimiento agronómico pueden contribuir a reducir parte de los efectos de la variabilidad climática.

Sin embargo, esta adaptación también implica costes. A medida que las respuestas frente al cambio climático requieren mayores inversiones y conocimientos especializados, aumentan las diferencias entre explotaciones con distinta capacidad económica y técnica.

Más presión sobre las explotaciones con menos recursos

El proceso de adaptación puede tener consecuencias sobre la estructura del sector. Los productores con sistemas mejor financiados y mayor capacidad técnica pueden reforzar su posición competitiva, mientras que las explotaciones más pequeñas, antiguas o con menor rentabilidad pueden afrontar una presión creciente.

Para algunas de estas explotaciones, las alternativas podrían pasar por consolidarse con otros productores, cambiar de cultivo o incluso abandonar la actividad, plantean los responsables del estudio. La evolución dependerá en gran medida de la capacidad de cada territorio para proporcionar recursos y herramientas de adaptación.

Este escenario plantea además un reto para las políticas agrícolas y las cadenas de suministro. No se trata únicamente de desarrollar soluciones tecnológicas, sino de garantizar que los productores dispongan de los medios necesarios para incorporarlas.

La resiliencia del sector dependerá, por tanto, tanto de las características de cada cultivo como de la capacidad de los agricultores para invertir, adquirir conocimiento y modificar sus sistemas de producción.

Tecnología y conocimiento ganan peso en la competitividad

El tamaño de una explotación, por sí solo, no será suficiente para garantizar su competitividad en el nuevo escenario climático. La ventaja estará cada vez más vinculada a la capacidad de utilizar herramientas y conocimientos que permitan producir de manera estable bajo condiciones cambiantes.

El acceso al agua, la inversión en tecnología y la capacidad técnica serán elementos cada vez más importantes para gestionar los riesgos. También lo será la posibilidad de adaptar las decisiones de cultivo a una mayor variabilidad de temperaturas y estaciones.

Esta transformación puede favorecer a los productores que hayan realizado inversiones suficientes para anticiparse a los cambios. Al mismo tiempo, puede acelerar los procesos de concentración en aquellas zonas donde las explotaciones con menos recursos tengan mayores dificultades para mantener su rentabilidad.

Una fruticultura europea más resiliente

El cambio climático está modificando las condiciones de producción de cítricos, fruta de pepita y fruta de hueso en Europa, pero no implica necesariamente el final de las regiones productoras consolidadas. El desafío consiste en adaptar los sistemas para que puedan seguir siendo productivos y competitivos, sugiere el informe. La disponibilidad de recursos, la innovación y el conocimiento agronómico serán fundamentales para afrontar una situación en la que los rendimientos, la calidad y los calendarios de cosecha presentan una mayor incertidumbre.

La capacidad de adaptación marcará así una parte importante del futuro de la fruticultura europea. Aquellos sistemas capaces de combinar inversión, tecnología y conocimiento podrán construir cadenas de suministro más resistentes, mientras que las explotaciones con menor capacidad de respuesta tendrán que tomar decisiones cada vez más difíciles sobre su futuro productivo.

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