En los últimos años, el sector ha tenido que adaptarse a crisis muy diferentes (pandemia, inflación energética, tensiones logísticas o conflictos geopolíticos), lo que plantea si el modelo productivo español tiene capacidad de resiliencia y hasta qué punto estas crisis han transformado la forma de gestionar las empresas hortofrutícolas.
Esta realidad se traduce en una presión creciente sobre costes y márgenes, que las empresas apenas pueden trasladar al precio final, tensionando la rentabilidad en toda la cadena. Sin embargo, frente a este escenario, el modelo español ha demostrado una gran capacidad de adaptación y resiliencia, apoyada en la experiencia acumulada tras múltiples crisis, lo que le permite responder con mayor solidez y agilidad.
Este contexto ha acelerado un cambio de paradigma profundo: la eficiencia operativa, aunque necesaria, ya no es suficiente. El foco se desplaza hacia la estrategia, la anticipación y la flexibilidad como vectores clave de competitividad. También se vuelve imprescindible reforzar la diferenciación y el valor añadido a través de atributos como la calidad verificable, la sostenibilidad, el cumplimiento normativo y la trazabilidad, alineados con las nuevas exigencias del mercado.
Asimismo, cobra especial relevancia la colaboración a lo largo de toda la cadena de valor, basada en relaciones más estrechas, transparencia y corresponsabilidad entre productores, clientes y operadores. Evoluciona el rol del cliente y del servicio, la prioridad ya no es únicamente la eficiencia transaccional, sino garantizar la continuidad del suministro, reforzar la comunicación y ofrecer soluciones cada vez más personalizadas.



