Desde Syngenta afrontamos un escenario agrícola muy distinto al de hace apenas unos años. La reducción progresiva de materias activas no es solo un reto técnico, sino un cambio estructural que impacta directamente en el día a día del agricultor y que nos obliga a replantearnos cómo innovamos y cómo acompañamos al sector. Lejos de paralizarnos, este contexto actúa como un acelerador de transformación y ha impulsado con más fuerza una innovación integrada que combina soluciones genéticas, químicas, biológicas y digitales. La solución a la falta de herramientas no está en una única tecnología, sino en la combinación inteligente de todas ellas.
OBTENCIÓN
En el ámbito de la mejora genética, esta presión ha reforzado una estrategia que ya estaba claramente definida en Syngenta. Nuestro objetivo es desarrollar variedades más resilientes y con menor dependencia de insumos externos. No respondemos únicamente a un marco regulatorio cada vez más restrictivo, sino a un conjunto de presiones que convergen en el cultivo: el cambio climático, la aparición de nuevas plagas y enfermedades y una demanda social creciente de sostenibilidad. En este contexto, las resistencias naturales deben convertirse en la primera línea de defensa de los cultivos.
Esta realidad, sin embargo, tiene un doble filo. Por un lado, impulsa una mayor inversión en biotecnología; por otro, el exceso de presión regulatoria ralentiza y encarece de forma notable la llegada de nuevas variedades al mercado. Los procesos de evaluación y aprobación se prolongan durante años, multiplican los costes y generan un desfase crítico entre la retirada de materias activas sin sustitución y la disponibilidad de alternativas genéticas. Esta brecha amenaza la viabilidad de cultivos estratégicos, reduce la competitividad europea frente a regiones con marcos regulatorios más ágiles como América o Asia y termina desincentivando tanto la inversión privada como la pública en I+D.
PRIORIDADES
En este nuevo escenario, las características varietales que priorizamos son muy claras. En Syngenta trabajamos con tres enfoques fundamentales: la incorporación de resistencias genéticas múltiples frente a plagas y enfermedades emergentes; la tolerancia al estrés abiótico, como sequía, calor o salinidad; y una mayor eficiencia en el uso de recursos e insumos como el agua, los nutrientes o la protección de cultivos. La rusticidad y la adaptabilidad climática ya no son un valor añadido, sino criterios no negociables. Buscamos variedades capaces de mantener e incluso incrementar su productividad con un menor uso de inputs externos.
La pregunta clave es si es viable desarrollar variedades que respondan a todas las nuevas amenazas en los plazos que exige el mercado. Y, a priori, la respuesta es que no, al menos con el ritmo actual de cambio regulatorio y climático. Desarrollar una variedad comercial requiere entre ocho y doce años, mientras que las plagas y los patógenos evolucionan a una velocidad muy superior. Para cerrar esta brecha es imprescindible acelerar la innovación mediante nuevas herramientas como la edición genética de precisión, como CRISPR, que permitan acortar plazos. En este sentido, los recientes avances regulatorios en la Unión Europea suponen un impulso positivo tras años de bloqueo, pero su efecto real dependerá de una implementación ágil y basada en criterios científicos.
COLABORACIÓN
La coordinación entre obtentores, productores y empresas auxiliares ha mejorado en los últimos años, aunque sigue siendo claramente mejorable. En Syngenta apostamos de forma decidida por plataformas de co-innovación con agricultores, con ensayos y trabajo conjunto en condiciones reales de campo, así como por alianzas estratégicas con empresas de biotecnología, soluciones biológicas y digitalización. Desde nuestros inicios hemos sido firmes defensores del diálogo sectorial como herramienta para alinear expectativas, riesgos y plazos. No obstante, persiste una falta de integración entre la investigación básica, liderada por universidades, y la investigación aplicada de la industria.
MARCO REGULATORIO Y RIESGOS
Desde el punto de vista legislativo, la situación sigue siendo preocupante. El retraso en la adopción de nuevas técnicas genómicas está lastrando la investigación y dificultando la llegada de soluciones eficaces al agricultor, afectando directamente a su rentabilidad y a su capacidad para producir de forma sostenible. Necesitamos una regulación basada en ciencia. La nueva propuesta de NGT (New Genomic Techniques, en español, Nuevas Técnicas Genómicas) de la Comisión Europea es un paso en la buena dirección, pero requiere concreción y rapidez para evitar que Europa continúe perdiendo competitividad.
Si la genética no avanza al ritmo que exigen los nuevos retos fitosanitarios, la amenaza para la producción europea es crítica. Está en juego la soberanía alimentaria, la competitividad del sector y una creciente dependencia de importaciones producidas con tecnologías que, paradójicamente, están restringidas en la propia Unión Europea. El abandono de cultivos estratégicos por inviabilidad económica, el impacto directo sobre la rentabilidad de las explotaciones, el despoblamiento rural y las
dificultades para la incorporación de jóvenes a la agricultura son consecuencias reales y ya visibles. Europa todavía está entre los
lideres en investigación, pero claramente nos hemos quedado atrás en su aplicación. Sin una corrección urgente, la brecha tecnológica podría volverse irreversible en los próximos 10 o 15 años.



