Desde el punto de vista productivo, la campaña ha experimentado una caída de alrededor del 15 % en el volumen total cosechado en comparación con 2024. Esta reducción no se debe a una disminución del terreno cultivado, sino al menor calibre de los bulbos, afectado por condiciones climáticas adversas. Un marzo especialmente lluvioso, con escasa radiación solar, y unas temperaturas inusualmente bajas hasta mediados de mayo, han dificultado el desarrollo vegetativo del ajo en todo el país.
En el caso del ajo morado, el problema se agravó con el repentino aumento de temperaturas a partir de mediados de junio, lo que forzó el cierre prematuro del ciclo de cultivo en zonas clave como Castilla-La Mancha. Esta situación impidió que las plantas alcanzaran su pleno desarrollo. Aun así, se ha conseguido una calidad final destacada, especialmente en términos de aspecto, sanidad y capacidad de conservación del bulbo.
“La calidad del ajo español esta campaña es incuestionable, pese a las dificultades”, explican desde el sector productor.
No obstante, advierten que las condiciones de manejo del cultivo siguen deteriorándose año tras año. La disponibilidad de materias activas fitosanitarias eficaces es cada vez más limitada, dejando a los agricultores prácticamente indefensos frente a plagas y enfermedades, lo que incrementa el riesgo con cada campaña.
A estos desafíos se suman otros problemas estructurales que amenazan la sostenibilidad del cultivo: el constante aumento de los costes laborales y de insumos, el incremento de los robos en el campo —cada vez más frecuentes y organizados—, y la escasez de terrenos adecuados para el cultivo de ajo.
Aunque los precios de mercado actuales son relativamente positivos, desde el sector insisten en que “ni siquiera precios altos pueden compensar las caídas de rendimiento y el incremento constante de los costes”.
Las previsiones para 2026 no son alentadoras: lejos de esperarse un repunte, todo indica que la superficie sembrada volverá a reducirse si no se toman medidas urgentes que devuelvan la viabilidad al cultivo.
El ajo español, reconocido en Europa por su calidad y trazabilidad, se enfrenta a un futuro incierto si no se ofrecen herramientas reales desde las administraciones y los mercados para aliviar la presión que soportan los productores. “El consumidor europeo tiene que valorar el esfuerzo de los agricultores por mantener un producto con sello español”, afirma Juan Salvador Peregrín, presidente de ANPCA.
ANPCA, la mayor asociación europea de productores y comercializadores de ajo, representa en este 2025 una superficie asociada de 10.530 hectáreas y más de 220 millones de kilos comercializados en la última campaña. Estas cifras suponen más del 80 % del total español y un 65 % del europeo. Actualmente, la asociación agrupa a 67 empresas comercializadoras y cerca de 1.800 productores de ajo.

