Más que un problema de precios, creo que el sector agroalimentario está enfrentando un problema mucho más profundo, costes, pérdida de productividad y un equilibrio de mercado cada vez más frágil. Reducir el debate al “todo está más caro” es simplificar una realidad mucho más compleja.
El precio sube, la rentabilidad no
Ahora mismo vivimos una situación paradójica. Sí, los precios han subido. Sin embargo, también es cierto que los mayores ingresos obtenidos por la comercialización se han absorbido casi íntegramente por el aumento de los costes.
La mano de obra, que en nuestro modelo productivo representa aproximadamente el 50% del coste, se ha incrementado en torno a otro 50%. Ese dato, por sí solo, ya explica gran parte de la complejidad. Además, a ese incremento se suma una merma productiva derivada de restricciones técnicas, regulatorias y agronómicas. Producimos menos kilos y cada kilo cuesta más. El resultado es claro, los márgenes disminuyen notablemente. Lo que ingresamos de más por la venta se utiliza para cubrir el incremento de los costes y no se traduce en mayor rentabilidad real.
Cuando desde fuera se instala la idea de que “precios altos equivalen a beneficios altos”, se está ignorando la realidad económica de los agricultores y agricultoras, quienes no está viviendo una etapa de bonanza, sino haciendo todo lo posible para sostener su estructura.
Más presión sobre el precio
Hay un vínculo clave que a menudo no se explica lo suficiente, cuando baja la productividad, el precio en origen tiene que subir si queremos que la actividad siga siendo rentable.
Como productores vemos que se está reduciendo la producción e incrementando las exigencias regulatorias: mayor restricción de materias activas y presión en el control de plagas; y a esto se suman las dificultades para encontrar profesionales para trabajar en el sector.
La ecuación es directa y no admite mucha interpretación: menos kilos comercializables + costes unitarios más altos = necesidad de mayor precio para cubrir la estructura.
Si eso no ocurre, el resultado es inevitable, abandono de cultivos. Y cuando se abandonan cultivos, el problema deja de ser el precio y pasa a ser la falta de oferta.
En un mercado altamente competitivo, nadie se beneficia estructuralmente de precios excesivos
El mercado decide
Es evidente que las centrales de compra ejercen presión. Ninguna cadena quiere tener un precio más alto que su competidora. Eso genera una dinámica constante de ajustes. Sin embargo, hay un matiz que considero fundamental, el precio final sigue determinado por la oferta y la demanda. Si el consumidor no compra, el sistema se corrige. Esa es la regla básica del mercado.
Esto limita la capacidad de cualquier eslabón para imponer precios de forma sostenida. En un mercado altamente competitivo, nadie se beneficia estructuralmente de precios excesivos, porque terminan reduciendo el consumo y afectando a toda la cadena.
Esto demuestra que la crisis de rentabilidad no es homogénea. Las medias estadísticas no reflejan la realidad individual de cada explotación. Detrás de cada promedio hay agricultores a quienes les va razonablemente bien y otros que están al límite.
Burocracia y regulación
Otro elemento que, en mi opinión, complica innecesariamente la situación es la carga administrativa. El sector necesita administraciones públicas facilitadoras, no obstaculizadoras. Hacen falta procesos más ágiles, normativas más adaptadas al ciclo agrícola y menos burocracia asociada a controles que, en muchos casos, no mejoran el precio percibido por el agricultor. Cuando cada mejora solicitada se traduce en más papeles, el resultado es pérdida de competitividad.
¿Sostenibilidad del modelo actual?
Creo que sí es sostenible, pero con condiciones. El sistema puede sostenerse si se respeta la lógica básica del mercado agrícola: cuando hay menos oferta, el producto debe valer más; cuando aumenta la producción, el precio debe moderarse.
En este contexto, el desafío no es abaratar artificialmente los productos ni buscar culpables. El verdadero reto es reconstruir una cadena de valor equilibrada, eficiente y comprendida por todos los actores.


