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Global, local e integral

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Últimamente se ha establecido un considerable debate sobre lo que algunos llaman soberanía alimentaria. El consumo prioritario del producto local, condicionado a la evaluación del impacto ambiental y la justificación ética para proporcionar un suministro de productos frescos durante todo el año, principalmente en los países del norte de  Europa.

Cierto es que el consumidor busca cadenas de suministro ambientalmente sostenibles que mantengan la variedad en la oferta de alimentos frescos a lo largo del año y que, en los actuales hábitos de consumo, es normal querer conocer los ingredientes de los productos que compramos. La materia prima o el origen de los alimentos se presentan en muchos casos como garantía de calidad. Pero eso que se nos vende como calidad y buen hacer pueden no ser los guías correctos.

Los productos de proximidad no tienen porqué ser más sostenibles que los que vienen de más lejos. Por dar algún dato, hay estudios que revelan que, en lo que se refiere al transporte, la incidencia es de poco más del 1% en los productos hortofrutícolas, por ejemplo.

Querer imponer el consumo de producto exclusivamente local es todo un riesgo. Más aún, cuando España es un país eminentemente exportador y con ello abrimos la puerta a que otros países hagan lo mismo. Habría que tener un efectivísimo plan para dar solución a los millones de puestos de trabajo de toda la cadena de valor que se perderían por el camino.

Además, este tipo de directrices no hacen otra cosa que incentivar sentimientos de aversión y conflictos entre comunidades.
Llevar al extremo la visión antropocéntrica que tenemos del mundo es un peligro. Parece que sólo miramos lo que nos conviene, es como si sólo abriésemos el frigorífico cuando, además de alimentos, importamos muchas otras cosas, desde la tecnología a las personas.

La solución a ser más sostenible no pasa por poner barreras. Sino hay buen producto y sólo se puede consumir lo local, estás obligando a la gente a
consumir lo que no le gusta y a no tener lo que quiere.

Hay que incentivar el buen producto local -que ya se consume prioritariamente, por afinidad, por cariño y por sentido común–y crear estructuras para tener un producto excelente, se consuma en proximidad o no.

La inquietud por el medioambiente no debe frenar el progreso económico y social. Debe incentivar un desarrollo limpio. Si sabemos utilizar los avances tecnológicos y dominar sabiamente los conocimientos, los resultados no pueden ser otra cosa que buenos.

Cerrar una puerta, poner una valla, elevar un muro, es una medida relativamente fácil. Unificar criterios y personas en la necesidad de un cambio conceptual que establezca las nuevas coordenadas socio económicas y culturales es algo un poco más complicado.

¿Es un gran reto querer ser prósperos, que lo sean las comunidades en las que desarrollamos nuestra actividad y que también sean prósperos los países a los que hacemos llegar nuestros productos sin que por ello perdamos de vista el futuro de todos?

Más que un reto es una necesidad integral que no requiere de impedimentos.

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