El sector de la lechuga y de las hortalizas de hoja está viviendo, desde mi punto de vista, un momento de cambio profundo. No diría que estamos en una crisis terminal, porque si no fuese rentable no se produciría hoja en España, y se sigue produciendo. Pero sí es cierto que estamos en una etapa mucho más compleja que hace cinco años. Hoy tenemos delante una combinación de factores que nos obligan a replantearnos muchas cosas: presión de costes, incertidumbre climática, reducción de materias activas, mayores exigencias normativas y una competencia europea cada vez más intensa.
La gran pregunta que nos hacemos es clara: ¿sigue siendo rentable apostar por la lechuga, la espinaca y las especialidades como eje de nuestro modelo productivo? Yo creo que sí, pero con una condición fundamental: priorizar la rentabilidad por encima de todo. Eso significa adecuar lo que producimos a lo que realmente somos capaces de vender a un precio rentable. No tiene ningún sentido producir por producir y después lamentarnos porque no ganamos dinero. Hoy más que nunca necesitamos programar, ajustar nuestras estructuras y ser disciplinados con los volúmenes.
¿Está la hoja mejor o peor que hace cinco años? Está más complicada. Los costes han subido en todos los frentes. Los laborales, por el incremento del SMI; los energéticos; los insumos; el transporte. Además, somos un cultivo intensivo al aire libre que requiere mucha mano de obra. Y ahí tenemos un problema añadido: alta rotación de personal y menor productividad. No porque el clima afecte directamente en este caso, sino porque cuesta mantener equipos estables en el campo.
A esto se suma la reducción de materias activas. En España se eliminan productos fitosanitarios sin que muchas veces exista una alternativa real o un periodo transitorio suficiente. Eso repercute directamente en el rendimiento y en el porcentaje de producto comercializable. Cuando el consumidor va al lineal quiere una lechuga perfecta, limpia, sin daños. Pero producir ese estándar de calidad es cada vez más complejo.
En cuanto a la relación con la distribución, siempre ha sido tensa, aunque en la mayoría de los casos también fluida. Yo no considero a las cadenas nuestros enemigos; son nuestros colaboradores, quienes hacen posible que el producto llegue a los hogares. Sin embargo, en los últimos tiempos percibimos mayor presión, especialmente en mercados, donde los discounts compiten fuertemente en precio. Esa guerra la termina pagando, en gran medida, el producto de hoja.
También vivimos más incertidumbre productiva. Ha habido cierta estabilidad de precios en la hoja en los últimos años y problemas en otros cultivos como las brásicas, lo que ha provocado pequeños movimientos de superficie hacia nuestra categoría. Eso genera desajustes y puede producir cierta especulación. Si no coordinamos mejor la oferta, volvemos al problema de origen: producir más de lo que el mercado puede absorber de forma rentable.
El cambio climático nos obliga a adaptarnos. Hemos modificado calendarios, permanecemos más tiempo en zonas altas e intermedias y bajamos más tarde a las áreas tradicionales de otoño/invierno. El sector se adapta, pero cada adaptación tiene un coste.
Con todo ello, creo firmemente que la innovación varietal y la sanidad vegetal son claves para mantener el rendimiento. Las nuevas variedades nos ayudan a responder a diferentes calidades de agua, suelos y exigencias del consumidor. Pero la pérdida de eficacia en el control de plagas es una realidad si no contamos con herramientas suficientes.
Si algo le diría hoy al sector es que necesitamos más unión, pero una unión real. Seguimos siendo demasiado individualistas. Hay un proverbio africano que me gusta repetir: solos podemos llegar más rápido, pero juntos llegaremos más lejos. Si no trabajamos en esa dirección, otros ocuparán nuestro espacio. Y entonces no solo perderemos competitividad; perderemos capacidad de decidir nuestro futuro.


