El debate de los precios no puede quedarse en el dato de una campaña concreta. Eso es simplificar demasiado una realidad mucho más compleja y multifactorial. Estamos ante un cambio estructural que afecta a los costes, al modelo productivo, a la geopolítica y también a la percepción que la sociedad tiene de los alimentos.
Un encarecimiento no es más rentabilidad
Si tomamos como referencia el periodo posterior a la pandemia, es evidente que los precios en origen han subido. Pero también lo es que los costes se han disparado en todos los frentes. La mano de obra, los envases, la logística y la energía han experimentado incrementos muy significativos. A esto hay que sumar las exigencias normativas europeas, que nos obligan a producir con estándares cada vez más altos. Eso implica más inversión y más estructura.
Por tanto, que el precio suba no significa que las empresas estén ganando más dinero. En muchos casos, lo que estamos viendo es simplemente una traslación de los costes acumulados en los últimos años.
Europa pierde competitividad
Otro elemento clave es la creciente competencia de terceros países, especialmente en África y en el Mediterráneo oriental. Se están realizando fuertes inversiones en estas regiones para desarrollar su sector primario, con estructuras productivas más flexibles y costes más bajos.
Mientras tanto, producir en Europa es cada vez más exigente. Cada día resulta más complicado desarrollar actividad agraria aquí si no somos capaces de mantener un equilibrio entre regulación y competitividad. Competimos en un mercado global, pero no todos jugamos con las mismas reglas.
En este contexto, el discurso de confrontación entre producciones el clásico “Almería contra Marruecos” pierde sentido. El mercado es global y tenemos que actuar como tal.
Creo que es mejor que nuestras empresas salgan fuera, se expandan y mantengan el control del valor añadido, antes que esperar a que otros vengan aquí a ocupar nuestro espacio. Diversificar la producción en distintos territorios permite adaptarnos a marcos regulatorios cambiantes y garantizar continuidad comercial. No se trata de abandonar nuestro origen, sino de fortalecerlo desde una visión estratégica más amplia.
Soberanía alimentaria
La guerra de Ucrania, el Brexit o la crisis energética han cambiado las prioridades de Europa. Hemos pasado de una visión muy abierta, basada en externalizar producción, a empezar a hablar con más seriedad de soberanía alimentaria. Si no garantizas el suministro de tus propios alimentos, dependes de terceros países. Y eso, en un mundo inestable, es un riesgo estratégico.
Creo que la distribución también ha tomado conciencia de ello, especialmente después de ver episodios de desabastecimiento que pusieron de manifiesto la fragilidad de ciertas cadenas. Cuando se rompe un eslabón, se rompe todo.
Dimensión y comunicación
Todo esto nos está obligando a ganar dimensión. La escala ya no es solo una ventaja competitiva; en muchos casos es una condición de supervivencia. Necesitamos tamaño para absorber costes, para garantizar suministro estable a la distribución, para invertir en tecnología y sostenibilidad y para competir en un mercado global. Eso implica integraciones, alianzas estratégicas y modelos empresariales más estructurados.
Otro desafío importante es el de la percepción del consumidor. Durante muchos años hemos tenido acceso a productos frescos, de altísima calidad y muy baratos. Esa etapa, en buena medida, está terminando.
Los precios actuales reflejan el coste real de producir con garantías sanitarias, laborales y medioambientales. No estamos hablando de márgenes desproporcionados en la cadena, sino de un ajuste a una nueva realidad. Como sociedad, debemos decidir qué valor le damos a la alimentación.

