La oportunidad es evidente. Lo preocupante, una vez más, es que el sector hortofrutícola español corre el riesgo de quedarse al margen. No por falta de calidad, sino por la ausencia de unión y cooperación.
Mientras otros países han entendido que la promoción ya no puede abordarse de forma individual ni improvisada, en España seguimos atrapados en la fragmentación, cortoplacista y defensiva. Hablamos de marca, de valor añadido y de internacionalización, pero seguimos actuando como si bastara con producir bien y esperar a que el mercado responda. Y no responde.
Las ayudas europeas están diseñadas para proyectos colectivos, bien estructurados y con visión estratégica. Se nos ocurren decenas de frutas y hortalizas que entrarían en este marco. Pero exigen cooperación y capacidad de planificación. Elementos que, salvo excepciones como el limón, el kaki o el brócoli, recientemente, siguen siendo una asignatura pendiente en buena parte del sector.
La realidad es que demasiadas organizaciones siguen funcionando con esquemas del pasado. Se ha priorizado la supervivencia individual sobre la construcción de un proyecto común, compitiendo diferentes orígenes dentro de un mismo país. Y el resultado es menor visibilidad y escasa capacidad para influir en los mercados de destino. Europa está financiando posicionamiento, narrativa, imagen y presencia estable en mercados estratégicos, aprovechémoslo.
Mientras otros países construyen marcas colectivas reconocibles, España sigue exportando frutas y hortalizas excelentes sin la identidad que corresponde, con un relato de épocas pasadas y sin respaldo promocional sólido. Y en un mercado global saturado, oportunidades así merecen el consenso y la unión del sector.
La política europea de promoción es una palanca para ganar influencia, proteger márgenes y asegurar futuro. Ignorarla por incapacidad organizativa, es una forma de autoboicot.


