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Reciprocidad, el objetivo en Europa. CGC

Inmaculada Sanfeliu, directora general del Comité de Gestión de Cítricos.

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cítricos

La Unión Europea (UE) es el principal mercado hortofrutícola. Lo es por su alto nivel de exigencia, su gran capacidad de compra, de consumo… Y por ello es el objeto de deseo de todas las potencias exportadoras. España es líder mundial en comercialización de cítricos en fresco, pero nuestra actividad exterior se circunscribe en un 91%-93% a la UE, donde hemos impuesto nuestra calidad en el servicio y la ventaja competitiva de la proximidad, que es sinónimo de mayor frescura.

En otros tiempos, Europa pudo ser un mercado casi cautivo. Hoy está muy lejos de ser nuestro coto. Aquellos que claman contra el supuesto proteccionismo europeo, sencillamente, mienten. El equilibrio comercial entre la UE y el resto del mundo, de hecho, no existe: los Veintiocho importaron en 2018 de países terceros 2,58 millones de Tn de cítricos, mientras que los europeos exportamos 0,62 millones al resto del mundo, el 60% a cargo de españoles. Sudáfrica batió en aquel año su récord de ventas en la UE con 814.000 Tn y Egipto también lo hizo, con 340.000 Tn, y en la presente campaña repetirán esas mismas cifras. No debieran quejarse, pero Sudáfrica sí lo hace e incluso amenaza con denunciar a la UE ante la Organización Mundial de Comercio (OMC).

No hay motivo para hablar de barreras europeas arancelarias o no arancelarias y menos aún fitosanitarias. Más bien al contrario, los exportadores españoles tenemos todas las razones para lamentarnos por la laxitud de las normativas comunitarias en cuanto a plagas y enfermedades de cuarentena.

El Viejo Continente se abre al resto del mundo sin las debidas cautelas. En lo que llevamos de siglo, se han introducido en la Península 11 patógenos foráneos, 12 si incluimos la Xylella: nos entra uno cada año y ocho meses. Y lo peor está por llegar: 7 de las 20 plagas que la UE acaba de regular como ‘prioritarias’ por su enorme impacto económico y ambiental afectan a los cítricos. Entre ellas, la Xylella ya está presente en nuestro país pero, de momento, no parece afectar a los cítricos. Otras dos, la ‘falsa polilla’ y la ‘mancha negra’ ya se han asentado en el Mediterráneo, lo que evidencia su capacidad para adaptarse a nuestro clima. El HLB, no ha llegado por fortuna aún, pero sí sufrimos la presencia de su insecto vector en España y Portugal. Las tres últimas enfermedades citadas están presentes en Sudáfrica, que es el primer proveedor no comunitario de cítricos de la UE. Una quinta de este listado, la Bactrocera zonata, es endémica de Egipto, que es el segundo proveedor. El riesgo es pues más que evidente.

La clave de las políticas europeas en materia comercial y fitosanitaria debiera ser una: la reciprocidad. Europa debería exigir a los países terceros las mismas condiciones para acceder a su mercado que las que nos imponen a nosotros o nos reclaman otras potencias análogas como EE UU, China, Corea del Sur, Japón o Australia, que también tienen una producción citrícola que preservar.

Somos defensores del libre comercio, pero no es sostenible que los acuerdos con terceros los negocie la UE y las condiciones fitosanitarias de nuestra exportación a destinos no europeos sigan otro camino paralelo y bilateral. El resultado de esta dinámica es siempre el mismo: la agricultura en general y los cítricos en particular son moneda de cambio en tales tratados comerciales y, cuando España entra a concretar los protocolos de exportación con tales países productores, pierde toda la fuerza y las condiciones que nos imponen son mucho más severas que las que regula Bruselas para el acceso al mercado europeo.

Como ya ha ocurrido con Sudáfrica, ahora con Mercosur o antes con los países de la ribera sur del Mediterráneo, Bruselas ha venido desmantelando sus aranceles a las importaciones de cítricos. Frente a esos procesos de apertura, pese a las distorsiones que generan en la competencia los menores costes laborales, exigencias medioambientales o sociales, nuestra actitud es crítica pero resignada. Lo que no es aceptable es la inseguridad en cuanto a la sanidad vegetal de las importaciones porque está en juego la rentabilidad e incluso supervivencia del vergel citrícola y nuestra propia vocación de exportación en fresco.

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